Wednesday, April 18, 2007

OTROS LIBROS



El próximo lunes día 23 de abril se volverán a celebrar los fastos librescos de la primavera. Día del Libro, aniversario de la muerte de don Miguel de Cervantes y, en el santoral y en muchos corazones, día de Sant Jordi, patrón de Cataluña. Una especie de patrón civil porque es también el día de los enamorados a la catalana (“un libro y una rosa”) y la fecha de muchas de sus identificaciones políticas o, cuando menos, ciudadanas.

El Día del Libro se creó el 7 de octubre de 1926 para conmemorar el nacimiento de Cervantes, según un decreto firmado por Alfonso XIII. En 1930, justo un año antes de la proclamación de la II República, se pasó a conmemorar el fallecimiento del escritor, el 23 de abril, y desde entonces coincidió con el Santo Patrón, con algunos altibajos, intentos de recuperación de identidades nacionales y finalmente de estallido popular (en todos los sentidos) desde 1976.

Era un día gloriosamente adolescente y espléndidamente civil. La fiesta de la primavera en todo su esplendor, las primeras mangas cortas, la euforia universitaria del último franquismo (del ultimísimo) y una especie, ya lo hemos dicho, de fiesta del amor, del enamoramiento: del prójimo o de la prójima, de un país que iba empezando a hacerse luminoso, de los libros y de las rosas.

Pero “ese” día, y estoy pensando en los primeros setentas, tenía algo de ruta personal por el dark side de mi ciudad, Barcelona, que entonces todavía intentaba frenar el salitre en la plaza de Cataluña y que lo más próximo al mar que tenía eran las golondrinas que salían de Colón hasta el Rompeolas, el barco de Ibiza y los Baños San Sebastián en la Barceloneta. Amantes, pues, de lo irreverente, de lo inusual, y con ese candor de los veinte años, cumplíamos con los ritos pero haciéndole un guiño a la perversión (ingenua, liviana y bastante casta).

Era el día en el que nos paseábamos por los puestos de libros de las Ramblas, claro, e incluso hacíamos una visita ritual, más respetuosa que otra cosa, a Cinc d’Oros, a la Librería Francesa (a una de las tres) o a la antigua Catalònia, que se seguía llamando La Casa del Libro. Pero nos deslizábamos, casi en solitario, entre los anaqueles de nuestras librerías de lance preferidas. Entrábamos en todas las de la calle Aribau, alguna de Muntaner, siempre hacia arriba, para finalizar, cerca ya de las Ramblas, en la calle Canuda, donde sigue abierto uno de los santuarios locales del libro usado, leído, anotado y, por qué no, vivido. Del libro compartido.

Esos libros que no les gustan a muchos (hay quien ha dicho que no soporta su olor) pero que conservan para mí el mejor aroma, la huella, incluso la mancha del antiguo poseedor. Comprábamos entonces, y lo seguimos haciendo, más barato, más insólito, más utilizado. Y luego, casi a las doce de la noche, le pedíamos una rosa casi marchita a esa florista tan cansada y tan sonriente que nos había saludado con los ojos.

8 comments:

PUN said...

¿Cuando nos obsequiarás con alguna sabrosa receta de antaño?

Mil Orillas said...

También deberíamos regalar flores y libros en Madrid....

manuel allue said...

Lo intentaremos, Pun. En eso estamos. Pero lo que más me gusta es rastrear esas hermosas y cándidas imprecisiones de los recetarios antiguos. "Una pizca de", "a fuego tierno", "condiméntese al gusto", "úsese según costumbre"...

En Madrid teneis la fantástica Feria de Libro del Retiro que siempre me ha encantado. Lo de los libros y las rosas, de todas formas, tiene un componente "muy" comercial que no me gusta nada. La gente compra porque "hay que hacerlo", como en Navidad. Aunque es mejor comprar un libro y una rosa que no un Papá Noël chino.

Gracias a los dos por vuestros comentarios.

Camille said...

Excelente post, manuel. Pura poesía

"Y luego, casi a las doce de la noche, le pedíamos una rosa casi marchita a esa florista tan cansada y tan sonriente que nos había saludado con los ojos."

Me gusta mucho tu pasión por los libros. Yo la comparto. Gracias a ti descubrí el blog de Negra y Criminal y no sabes lo feliz que me hizo saber que era una librería real. Había leído en otro blog un post sobre ella, pero había pensado que era ficción.
Tengo muchas ganas de ir un sábado allí a comer unos mejillones.

A mi me parece muy bonito regalar una flor y un libro, muy romántico.

manuel allue said...

Los de Negra y Criminal son una pareja estupenda que sabe muy bien lo que se trae entre manos. Lo saben "todo" sobre novela negra. Y si no, lo buscan. Profesionales a tope y sin agobios.

Gracias, Camille, por el piropo. Así da gusto.

delantal said...

Envidia de Barcelona y sus libros, que hasta el Quijote lo dijo.

Josep M. said...

Hoy toca dos veces tras tiempo de no comentarios a tu blogs que, como bien sabes, sigo religiosamente casi a diario. De nuevo tus evocaciones de esa que fue mi ciudad amada y odiada no me pueden dejar indiferente. Yo también empezaba el itinerario en Ancora &Delfín, Libreria francesa de Muntaner, el Cinc d'Oros, la otra francesa, la del Paseo de Gracia, Occidente, para terminar en la Herder, la Catalonia y ya más cerca de estos tiempos en la Documenta. Todavía se podía entonces encontrar en las "paradas" de las cocas de la Diagonal, literatura y ensayo serios, y la cosa no era nada multitudinaria como ahora. También era posible penetrar en Palau sin invitación.... y para el libro de lance estaban también los puestos dominicales del Mercat de Sant Antoni donde en la pila del "duro" compré maravillas hasta que se convirtió en no se sabe qué.

manuel allue said...

El Mercat de Sant Antoni es ahora una aberración donde los videojuegos obsoletos han substituido a los cromos. Sólo nos queda la Llbrería Canuda (en sus anaqueles "de cocina" hay siempre cosas estupendas) y la paciencia. A veces salta la liebre porque a alguien le ha dado por vaciar los almacenes.