Friday, January 05, 2007

FARINETES



Mi amiga María Arnau, guapa y coqueta, tenía poco más de diez años cuando entraron los nacionales en Tarragona, el 15 de enero de 1939, justo el día en que Margarita Nelken daba su última conferencia española en el Ateneo de Barcelona, en la calle Canuda, sobre “Picasso, artista y ciudadano de España”.

La ciudadana María, más divertida que acobardada por los bombardeos, como casi todos los niños, se veía sin embargo sometida a la hora de comer al “castigo bíblico” (ella lo llama así) de las “farinetes”, la pobrísima pariente de la “polenta” piamontesa, de las “gachas” castellanas, de las “puchas” o “puches” extremeños y de otras papillas que fueron ilustrando esas infancias pobres en vitaminas y proteínas y excesivas en carbohidratos.

La tarde del quince de enero entraron primero los requetés, acariciándose los escapularios con la reliquia de San Francisco Javier y cantando, hasta enronquecer, ante los ojos entre asustados y divertidos de la ciudadana María, la copla casi programática que aullaba que “El que no esté conforme / que lo diga cara a cara, / que ya le contestarán / los de la boina encarnada”.

Más tarde entró un tabor de regulares y las cosas se empezaron a complicar pero a María le esperaban, como si nada hubiera pasado, las farinetes espesas y atragantadoras. En realidad nada había cambiado en su plato porque su madre, como siempre, había puesto a deshacer un buen puñado de harina de maíz en agua fría, trabajándola muy bien, y luego la había puesto a cocer a fuego lento, removiendo sin parar para que no se formaran grumos. Poco antes de acabar le añadía un chorrito estricto de aceite, si quedaba, y la sal, que eso sí. Y la hacía, según el día, la hora, la emoción o el cansancio, más fina o más espesa, como una sopa o como una sémola.

Luego el aceite empezó a escasear, el gobernador civil se puso a perseguir la lengua y muchas de las costumbres de María y de su madre y se acabaron las sonrisas durante un buen tiempo. Pero María, culta, esbelta y nostálgica, sigue recreando su “castigo” latino muchas veces, probablemente en solitario, y entonces me cuenta todas estas cosas, a nosotros que lo único que hemos conocido son los versos de Pedro Garfias, los del pobre don Antonio, muriéndose camino de Collioure, las fotos de Robert Capa y la Maizena, con ese niño obeso y papón pintado en el paquete.

3 comments:

nene said...

Las "farinetes" com Maizena azucarada mientreas se hierve con leche es postre medianament pasable. En mi vaguísimo recuerdo infantil, claro.
¿Un niño gordo o niño y niña?, ámbos bastante americanizados, por color y diseño, y con clara distinción de sexos: el muchacho mostraba el bíceps a la nena. Querido bloguero me pones en aprietos memorísticos de tiempos remotos, un poco menos remotos que los de la senñora Aranau, menos malos, no lo dudes.

Manuel Allue said...

Un personaje de Marsé (creo que en "Si te dicen que caí") muere asfixiado y reventado en el campo de concentración de Argelés (creo que ya lo he recordado otra vez) al comerse varios puñados de cemento, hambriento, desesperado, voraz. Me pueden los recuerdos truculentos del hambre y la desesperación. ¡Qué le vamos a hacer!.

Farinetes de la desesperación, serían.

Commie said...

A mí me amenazaban con las "farinetes" de las que según ellos se alimentaban - es un decir todos- antes que yo naciera. Las descripciones de las mismas solían ser repelentes, pero eso no obsta para que un día, quizás de los cincuenta mi madre y su suegra despachasen una noche un plato de "farinetes" cada una para cenar. Cosa de la nostalgia. Creo que por todo eso no soporto el "gofio" canario...