Wednesday, August 15, 2007

BALADA DEL SOL Y DEL ESCABECHE



El 15 de agosto, festividad de Nuestra Señora, día de calor donde los haya, día de solaz y esparcimiento, solía acabar con una tormenta, después de la procesión y en medio del baile, que hacía trizas los tingladillos, distraía a la orquesta, remojaba las tiras de papel y las guirnaldas, asustaba a las madres, embravecía a los mozos y enamoraba aún más a las mozas. Se había comido mucho ese día y la digestión solía prolongarse con anís y tejeringos, según la zona, o con licores más espirituales y la esperanza puesta en Adela, la de la confitería, y Adela en Andrés, el del quiosco.

Juan Antonio Gaya Nuño fue un prestigioso historiador del arte cuando la palabra crítico aún estaba mal vista o por lo menos poco usada para los menesteres comentaristas en la prensa. En la época de Gaya Nuño (Tardelcuende, Soria, 1913-Madrid, 1976) los historiadores del arte escribían crónicas que casi siempre eran “acertadas”, cuando se trataba de una buena crítica, o “certeras” cuando ponían a caldo al pobre artista. Pero Gaya Nuño era un escritor serio que publicó una preciosa guía de los museos españoles, una fantástica Historia de la mendicidad, otro tomo espléndido sobre La arquitectura española en monumentos desaparecidos y varios tratados más sobre arte europeo del XIX y del XX.

Vivió en Madrid pero volvió a su Soria natal seguramente a recordar a Adela (o a Mari Carmen o a Asunción), a refrescarse con las tormentas de agosto y a rebañar los platos de escabeche, apurando bien los recuerdos, las migas de bonito y los hilillos de tomate, con el caletre, como él decía, bien despejado. Y escribió entonces un relato corto, una especie de crónica, del que seguramente ya nadie se acuerda, El santero de San Saturio, que publicó en 1965, las buenas gentes de Austral la reeditaron, aunque un poco a las bravas, en 1986 y no sé si hay alguna edición más. Allí viaja entre el Duero y la ermita, junto a los pedigüeños, los poetas, los estoicos y los labradores, que muchas veces son la misma cosa, abre latas de escabeche, esquiva los versos de don Antonio Machado (o los recita, en tropel) y va de fiesta en fiesta desde San Antonio al día de la Virgen, tal día como hoy, pasando por el sagrado San Juan de los sorianos, fiesta de toros, de vino, de tambor, de bombo y de escabeche.

Olía bien la ermita desde buena mañana, al alguacil, que le traía a la mujer del alcalde una caja de galletas, finas, le muerde un perro, le hace un costurón en la levita y los mozos estallan en grandes risotadas, dándose codazos. El sol cae de lleno y el agua del Duero, caldo de pollo, parece que no se mueva: “Hora de la comilona. Tortilla de escabeche, jamón con tomate, cordero con pimientos, cochinilla frita, cangrejos, ensalada de pepinos y tomates con más escabeche, pollo, higos, flores de harina frita, arroz con leche, copas de anís escarchado”. Y acaba: “Mucho vino y mucho pan blanco”. A la sombra de los álamos Adela se ha arremangado la falda, un poco, por debajo de las rodillas, y se ha sentado sobre un pañuelo a cuadros. A Adela le gusta el anís y con un poco de agua fresca, mezclándola, se ha hecho una palomita. Cauta y volandera.

13 comments:

DESPERTAFERRO said...

Manuel Julio: Bravo por esta crónica. Con un par.

manuel allue said...

Pues no sé muy bien si tengo lo que hay que tener pero empeño, le pongo. Dice la novena acepción de la palabra "empeño" en el diccionario de la R.A.E.: "En el antiguo arte de torear, obligación que tenía el caballero rejoneador de echar pie a tierra y estoquear al toro frente a frente, siempre que perdía alguna prenda o que la fiera maltrataba al chulo". Pues eso.

PUNTIYO said...

Jo_er con los sorianos del siglo pasado y sus sencillas comilonas. Y con su analítica perfecta, ¿o acaso no se la hacían?

manuel allue said...

Mucho garbanzo viudo se comía entre fiesta y fiesta, y no sólo en Soria. Café y anís para matar el gusanillo, potajes con mucha imaginación y un huevo frito para cenar. O a lo mejor dos.

Análisis sólo cuando las cosas venían mal dadas. Y aún así.

DESPERTAFERRO said...

Es cierto que aquellas gentes vivian menos años. Las analíticas no se pedían con tanto desparpajo.
Un detalle importante: El trabajo era mucho más físico, más duro, tremendamente duro. Eso impedía que las grasas tomaran caríño a la arquitectura humana. Se consumían con rapidez. La dieta rica en fibra evitaba en gran medida el cancer de colon. Ja se sabe, pagamos un peaje por consumir más de lo que necesitamos.

manuel allue said...

De todas formas en países pobres como el nuestro (ahora somos un país post-pobre o ex pobre) la geografía y la patología del hambre era mucho más importante que la de la opulencia, claro. Y no es una obsesión personal (o a lo mejor sí) pero la imagen de la miseria no es tan lejana: a finales de los años ochenta viví durante unos meses en una casa, en España, con piscina y aire acondicionado a dos kilómetros de una aldea donde "aún no había llegado la luz". En el colmado despachaban vino, patatas, castañas, Norit, alpargatas y cabos de vela. Y poco más. No soy antropólogo, ni falta, pero la tristeza de "mi tròpico" particular la mantengo viva. Aún.

DESPERTAFERRO said...

Manuel Julio: Nací en año 53. He vivido en vivo y en directo la masiva llegada de gentes del sur, con sus maletas de madera, sus atillos y sus rostros marcados por el hambre, el silencio impuesto y una cierta expectativa de mejorar sus vidas.
Hay historiadores que han estudiado este fenómeno (Vilaroya en el caso de Badalona)sin embargo, todas estas historias se parecen y la mejor crónica de todas es la que uno ha visto de cerca y ha podido palpar.
Recuerdo haber oído de niño programas de radio como "España para los españoles" y la "sección de discos solicitados de Radio Miramar". El recuerdo que tengo se resume en tristeza. Oír las dedicatórias me producía angustia y se clavaban en mi garganta millones de raspas de bacalao.

manuel allue said...

Pues en el mismo año nacimos, Despertaferro. O sea que ninguno de los dos tuvimos ya cartilla de racionamiento (se suprimieron ese año) ni una juventud en el franquismo feroz. Pero un tufo se me quedó pegado para siempre y no precisamente a la nariz. No lo he vuelto a oler pero sé que sigue ahí, a la vuelta de la esquina.

DESPERTAFERRO said...

Munuel Julio: Vinimos al mundo lo suficiente tarde y temprano como para catar el nacional catolicismo, la BPS, el zotal y todas las miserias tanto humanas como materiales de aquél perverso estado de excepción permanente.

manuel allue said...

Pues sí: la BPS, la DGS, la OJE y hasta los JAS. Pero todavía están vivos (vivísimos) muchos de ellos -as y habría que lavarles la memoria con ese zotal. Puestos a referir.

Mar Calpena said...

Incluso algunos de los que tenemos la condición de haber nacido más tarde hemos visto todavía un país con estufas de hierro y leña, de pueblos con escasos teléfonos y con alguna hermana mayor a la que aún le ha tocado hacer el servicio social para poder graduarse como persona. Y pese a la melancolía y la rabia frente a ese pasado que a tantos les tocó aguantar... ¿cómo no desear una comilona como la descrita? ¿se puede tener nostalgia de los platos que uno jamás llegó a probar?. Gran texto, maese Allué.

starbase said...

Hijo de Anarquista como soy, no añoro los tiempos de pasar miedo (o de verlo porque los niños lo percibimos sin sentirlo en carne propia), pero sí añoro el aroma de la sopa caliente de mi abuela cuando hacía frio y la ilusión en los ojos tertulianos (cuantas horas, madre mia, cuantas horas) de aquellos luchadores de ideales.
Al final no hubo arena de playa bajo los adoquines. Pero que nos quiten lo bailao.

manuel allue said...

Muy bonitos los dos comentarios, Mar y Starbase. "Muy sentidos", como se decía antes pero, de verdad, me han encantado. Cuando la clave no es la nostalgia (porque no se quiere o porque no la hay) y es la referencia en sí, incluso para hacer simplemente literatura, las cosas van bien. En este mundo tan desorientado gastronómicamente hablando. Fijaos, y me lo digo a mí mismo, tanto defender las señas de identidad en otros asuntos y tan pocos miramientos a la hora de confeccionar un menú. Porque acabar con un guiño o una broma al gazpacho, al pan con tomate o a la escalivada no es nada. En fin, complicado.