Friday, January 19, 2007

BAVAROIS



La pobre tía Matilde, la falsa tía Matilde, la del arroz ¡Arriba España!, había ido perdiendo mucho con el tiempo. Perdiendo un poco de todo. Ya se vio que había sido franca partidaria de la Unificación de 1937, del Concordato de 1953 y hasta del ingreso de España en la ONU. Pero vivió mal el Concilio Vaticano, muy mal, y no le gustó nada la supresión de la Bula de la Santa Cruzada, que a ella le parecía muy útil, necesaria y de muy bonita tradición, ni que dejara de salir la procesión de la Virgen del Carmen, donde, desde siempre, habían desfilado sus hijos como legionarios del Niño Jesús de Praga y Matildita, tan guapísima, tres años vestida de Primera Comunión y hasta otra vez (¿o no era en la procesión del Carmen?) de enfermera de la Cruz Roja.

Tía Matilde estaba deprimida, rara, hasta el pelo se le había ido poniendo gris por la nuca y tenía que ir más a la peluquería y además ya nada era igual, las verduras ya no sabían como antes y las frutas con ese sabor a almacén, como revenidas. Tía Matilde no quería, claro está, que pasaran los años. Por eso se encerraba todavía más horas en la cocina y rezaba el rosario hasta de pié.

El otro día, hace ya de eso casi treinta años, vino a casa a tomar el té, a quejarse de todo y a pedir una limosna para la restauración de la capilla de San Nicolás de Bari, que está que se cae. Traía un dulce hermoso y amarillo, envuelto en un paño con sus iniciales bordadas en rojo y gualda, y una estampa de San Nicolás que parecía una foto, con las barbas del papel doradas con purpurina. Tía Matilde había hecho su profundo y ambarino bavarois con medio litro de leche, doscientos gramos de azúcar, cinco yemas de huevo y un palo de vainilla, removiéndolo todo muy bien hasta que consiguió una crema, a fuego tierno.

Luego, fuera ya de la lumbre, le añadió cuatro hojas de gelatina desleídas en un poco de agua tibia. Cuando la mezcla se enfrió sacó el rosario de golpe del bolsillo del delantal y al hacer la señal de la cruz se hizo un arañazo en la frente con el crucifijo de plata. Es igual. Será una señal. Se pasó un dedo ensalibado por la herida, añadió una taza de nata, un polvito de colorante y lo vertió todo en un molde de corona.

Iba a rezar el rosario por las intenciones del Santo Padre, Dios sabe bien, y no quiero pecar de orgullosa, que no demasiado claras (recitó, como si fuera una nueva letanía: “la misa otra vez en latín, el cura de espaldas y la Virgen del Carmen por las calles”). Se tocó la nuca, carraspeó, estiró el cuello y puso unos pedacitos de hielo alrededor del molde y en el hueco del centro, para que se enfriara bien.

4 comments:

Anonymous said...

Qué bueno Manuel! Me gustó mucho el texto. Eso de "el otro día, hace treinta años" me pareció genial!

También abrazos cariñosos!

Anonymous said...

Una narración muy hermosa y una receta excepcional.

Felicidades.

Saludos

Anonymous said...

una delicia de lectura!!

Manuel Allue said...

Muchas gracias, Milorillas (gracias mil).

Muchas gracias, también, Charo Marco. Lo de que estoy aprendiendo mucho en tu blog es, desde luego, completamente cierto. ¡Pero dame tiempo! ¡Tienes MILES de recetas!.

Y muchas gracias, Sao Mai, por este comentario y por tu estupendo e inesperado post de hoy.

Así da gusto escribir. Abrazos.