
Muy pocos, es verdad, pero no voy a ponerme dramático.
Domingo lluvioso, dos del mediodía, la comida sin hacer, uno de mis programas preferidos en Radio Clásica (resistentes, fantásticos), una copa antigua (ligeramente mellada) con vermú Miró, de cerca de mi pueblo, frío, sin hielo, con una rodajita de limón generosa, quizá demasiado amplia, silencio absoluto en mi calle mínima, promesa de un atardecer civilizado (compañía, buena conversación y un té excepcional) y un poco más llevadero que la vida misma. Sin hacer los deberes, dejándome llevar por esos restos de civilización que tanto me gustan: libros gastados, vermús etnográficos, textos abandonados, a medio escribir, ¿un arroz con setas?.
Vamos a ver. Me he acabado la copa pero los libros ni se mueven, temerosos. Nada de sexo. Ascesis pura.