Sunday, February 28, 2010

REDEFINIR EL CONCEPTO DE BELLEZA



Febrero tiene nombre de fiebre aunque también de ferocidad o de enfervorizamiento, que no son cosas tan dispares. Pero me gusta más afiebrado que febril, que es cualidad del enfermo pero también del ardiente, mientras que afiebrado suena más pasajero, más liviano, de mejor acomodo.

Pues resulta que ni por esas, que no hay modo de acomodarse a esa calentura, a ese fervor ardiente que nos suele acometer a mediados de mes, entre los fríos, con las habas aún muy tiernas, los guisantes casi en su punto y las alcachofas, todavía, en edad de merecer. Aunque el ambiente huela a churrasco (la cosa está bastante achurrascada) y el gato y la liebre se lleguen a confundir en la cazuela. Febrero aún no huele ni a romero ni a tomillo, que son hierbas que empiezan a florecer un poco más tarde y en mi tierra es de buena educación y sana costumbre ir a buscar, en excursión, al amanecer del Viernes Santo, para rememorar quién sabe qué antiguos misterios de la historia del hombre y para aliñar el cordero pascual y la memoria herida y poner a macerar unos cuantos recuerdos, no muy buenos, que están mejor al fresco y en esa saludable compañía.

Febrero tiene más de bendiciones que de festejos. Febrero tiene una Cuaresma larga y con siete patas que lo atraviesa y lo llena de bacalao y de garbanzos viudos y de espinacas frescas y, a lo mejor, de caracoles, que al no ser ni carne ni pescado, como las ranas y sus ancas, los monjes del Císter se empeñaban en cocinar (un poco a escondidas) mientras las clarisas, casi en ayunas, glorificaban al Señor entre melindres y yemas y cuchicheos. Pero febrero no me sabe a Cuaresma, que la olvido sobre todo los viernes, lo que son las cosas, y me da por el cordero o la panceta. Febrero tiene una especie de sumisión a sí mismo, de maldición trapera, de ese camino errante entre un Pinto carnavalesco y un Valdemoro bacaladero y rezongón.

Hace unos días, febrero puro, el artista plástico John Baldessari vino hasta Barcelona para inaugurar su exposición antológica en el MACBA. Le hicieron varias entrevistas y en una de ellas decía algo tan simple pero tan fatal como que “hay que redefinir el concepto de la belleza”. Seguramente habrá que darle la razón (él hablaba, claro está, de su obra, de su discurso). Pero no ahora. Hay que esperar a que los teóricos llenen las arcas de los editores y los plásticos las de los teóricos. O algo así. Pero sobre todo, y se me ocurre esta tarde en la que vamos a sepultar a este ardiente mes tras veintiocho jornadas de dudas, hay que esperar a que florezca del todo la belleza humana, que de la divina ya se ocuparán los monjes del Císter o las inquietas clarisas. A lo mejor con que aparezcan los cerezos rebosantes o se nos llene la casa de albaricoques hay bastante. Puede ser.

Sunday, February 14, 2010

PAN DE TRIGO Y QUESO DE FLANDES



Cantó Virgilio en forma soberana
la harina que a sus náufragos nutria;
del macarrón el ítalo se ufana;
gózase España en que garbanzos cría:
pues ¿por qué yo, con vena colombiana,
no he de cantar la mazamorra mía,
no he de cantar, gemela del bambuco,
la gloria de la arepa y del cuchuco?

José Joaquín Casas (1865-1951).


Dicen por ahí, y a lo mejor es verdad, que el primer sándwich que se comió en Bogotá era el de pan blanco y queso holandés, tantos eran los viajeros a Europa a mediados del siglo XIX y tanta su curiosidad y ánimo de extranjería o al menos de innovación.

Tengo un amigo colombiano, de Pereira, la capital del Eje Cafetero, que desayuna café con leche y jamón y queso y casi siempre arepas. Vive a la sombra del mamotreto de Bofill, el edificio Walden de Sant Just Desvern, aunque un poco más arriba, y se levanta cuando cuadra, porque trabaja a turnos, y desayuna o come con apetito y con nostalgia y la mayor parte de las veces con convicción, por ese orden.

Su padre, de nombre Ovidio y vendedor ambulante de profesión, recorría hasta no hace mucho los pueblos de la región, Risaralda, con su carreta llena de pan blanco y tortas de maíz y dulces y confites. Llena de dos culturas y de esfuerzo y de sonrisas, seguramente, pero sobre todo de ganas de vender. Ahora, a los sesenta y dos años, no se mueve de su silla de plástico color verde maíz, a la puerta de su casa, y saluda a sus vecinos y les dice, descubriéndose de su gorrita color trigo, que su hijo vive en España y tiene un buen trabajo y que él, algo enfermo pero sobre todo decaído, ya no tiene que andar por los pueblos ni que pelear con los guardias ni que ahuyentar a las moscas ni discutir con las mujeres. En su paraíso, y también en el de su hijo, vecino de Sant Just (o a lo mejor de Esplugues), hay más maíz que trigo, más manteca que aceite y más salado que dulce. Es un paraíso estrechito, de dos calles como mucho, como un sándwich de jamón y queso crema o como una arepa, untuoso, repetido, con algo de bruma por las mañanas hasta que el sol le hace volver al patio de atrás para hablar de la fugacidad de la vida o quizás para beber una gaseosa fría, a sorbitos.

El patrón de la harina de trigo, de los molineros y de los panaderos seguramente debe de ser el poeta Virgilio, aunque no de todos (los franceses, tan suyos, deben de tener oros patrones laicos para sus naufragios y sus baguettes: quizás Albert Camus o a lo mejor Jacques Derrida, también medio argelino). Pero esta mañana estoy un si es no es conmemorativo y le pido al gobernador de la ciudad de Pereira un monumento honrado, rotundo, bien fundido, con una carreta y un vendedor de arepas y de pan blanco, de dulces y de confites. Cerca del aeropuerto, para recibir a los turistas despistados, a los devoradores de Derrida, de Galdós (los garbanceros) e incluso de Andrea Camilleri, los más gastrónomos y más impertinentes. Un monumento a las dos culturas, a la emigración y al exilio, interior y exterior. ¡Toma ya!

Sunday, January 31, 2010

SUB NOCTE PER UMBRAS



Estaba a punto de anochecer. Poco después de la seis he descartado una bodega, una tienda de delikatessen, una panadería de barrio, un bar de tapas navarro, otro asturiano, acuciado, más que atrapado, por un ataque repentino de hambre. Casi no había comido y he pasado una tarde entretenida pero agotadora, un tanto metafísica por no llamarla espiritual a secas. Y bastante atropellada.

El hambre ha vuelto ante un bar anodino, con una de las persianas medio bajada, a media asta, casi vacío y con una pantalla de televisión enorme, un partido de fútbol desabrido, cuatro clientes, o quizás cinco, solitarios frente a su cerveza y su pantalla de televisión y a lo mejor frente a sí mismos, y dos camareras orientales que me han ofrecido, mudas, una carta sobada con una lista interminable de bocadillos, hamburguesas con queso, con cebolla, con pepinillos, lomo con bacon, con cebolla, con pepinillos, salchichas de Frankfurt, cervelas, longaniza, atún, caballa, jamón y más queso, cebolla y pepinillos.

He optado por un sándwich vegetal que han elaborado minuciosamente, a la vista, con un primor al que no estoy acostumbrado. Me había olvidado. El vegetal, claro está, no era tal, surcado como estaba de aceitunas verdes, migas de atún, dos anchoas y unas láminas de huevo duro. Salpicado.

No estaba malo el bocadillo solitario en un barrio ignoto (un barrio demasiado lejos del mío) y con acompañantes mudos e inmóviles ante un partido de fútbol aburrido, lánguido.

Resulta, después de todo esto, que me he acordado de mi diario, este mismo, que la mayoría de las veces me da miedo visitar. Y voy y lo hago, y cuento que mi bocadillo tenía demasiado poco entusiasmo, demasiada tristeza, demasiada luz de bajo consumo.

Me ha costado dos euros con cincuenta y la caña un poco menos. La melancolía era gratis.

Wednesday, January 27, 2010

EL ECO DE SITGES


En la segunda página del número del 12 de mayo de 1968 de El Eco de Sitges, emérito semanario fundado en 1886, apareció un anuncio del Restaurante Fragata que no podemos resistirnos a copiar:

“Restaurante FRAGATA se complace en participar a sus clientes y público en general, que a partir del sábado día 18 de mayo, y durante toda la temporada estival, las cenas estarán amenizadas por la pianista Rosa Mir, dentro de la línea melódica propia de un restaurante de categoría, sin que ello signifique, en modo alguno, la celebración de baile ni la transformación del establecimiento en sala de fiestas o cualquier otra actividad de tipo similar contraria a nuestra actual línea comercial”.

Olé nota de prensa. Y bien por sus principios, por la categoría del restaurante y por la línea melódica habitual. Para sí quisieran esa rotundidad y ese convencimiento muchos de los restauradores que gustan de nadar en lo ambiguo, algo que puede parecer postmoderno pero que no es ni línea comercial ni nada. Y no miramos a nadie.

Thursday, January 14, 2010

DIETAS




Frédéric Chopin y el Caballero de Seingalt, Giacomo Casanova, acabaron sus días postrados, tísico el uno, desdentado el otro, consumiendo calditos de pollo magro y verduras escurridas.

Creo que no voy a esperar tanto (o tan poco, según se mire) y a apurar los cada vez más escasos días de gloria mezclando grasas con magros, espíritus con alcoholes y aguantar, bien tieso, a verlas venir: esto se me ha ocurrido después de un plato de cocido, dos vasitos de un priorato cercano y una siesta de quince minutos. Feliz del que huye, decían los antiguos, del mundanal ruido. En silencio, pues, y con la cabeza bien alta.

Monday, December 21, 2009

PASODOBLE TORERO



Hace un rato les he enviado a mis amigos, a algunos, no a todos, ese mismo traje de luces para desearles una feliz Navidad (de luces) y más o menos he hecho una declaración de principios. No tengo nada de lo que esconderme, por lo menos hoy. Mi gin tonic está bastante bueno, estoy a punto de cumplir con casi todos mis compromisos navideños, esta casa no hay quien la caliente pero estoy a gusto, me sigue gustando escribir, los cigarrillos con filtro, los toros, la tortilla de patata, el silencio de mi calle, el café de mi vecina y poca, poquita cosa más. El pasar del tiempo, el devenir, me ha hecho más sedentario, casi monógamo y aproximadamente fiel. Por lo menos a todo lo que he ido aprendiendo en estos años, bastantes ya.

Por eso, ya lo digo en mi mensaje navideño, esta noche en que me siento entre conmovido y despiadado, me atrevo a desearles a todos Ustedes, lectores casuales o fieles o vete a saber, que el año que los altos poetas nos presentaban en carroza, vestido o revestido, según cuando, capitaneado por ese Enero helador y bienaventurado (lo tiene todo por ver), ese año, sea tan luminoso como el traje de alguno de mis compadres.

De corazón, feliz Navidad y un hermoso Año Nuevo.

Wednesday, December 16, 2009

MIÉRCOLES 16 DE DICIEMBRE DE 1925



Esta mañana me ha llegado el libro Classes de Cuina (Clases de Cocina) del Curso 1925-1926, dirigidas por Josep Rondissoni, que he comprado en una subasta hace unos días, a muy buen precio. El libro es precioso y está en bastante buen estado. No tiene ilustraciones, como es debido, y se trata del recetario de uno de los cursos que impartió Rondissoni en el Institut de Cultura de la Dona de Barcelona, casi día a día, los días que había clase, vamos.

Tengo aquí al lado el Culinaria, en una reedición, del que creo que ya hemos hablado otras veces, pero que también se puede encontrar la edición original. Da igual. El recetario que tan bien se ha conservado huele a libro viejo, claro está, pero he podido adivinar un deje a fumet bien hecho, a salsa financiera, a crema inglesa y en el fondo quedaba, como flotando, un leve aroma de Myrurgia del ama de casa, de esa señora culta que dedicaba alguna tarde a la clases del señor Rondissoni, que hablaba un buen catalán y un buen castellano y un buen francés, que a lo mejor iba a cenar a la Maison Dorée y que, a lo mejor también, tenía un palco de propiedad en el Liceo y una peinadora que la visitaba cada mañana y el modisto en la Rambla de Cataluña, en un entresuelo.

Y lo que son las cosas, el 16 de diciembre de 1925 también cayó en miércoles y el señor Rondissoni se largó, en su clase, con un capón relleno y trufado, algo prolijo pero con un toque (varios toques) locales espléndidos que seguramente le voy a copiar hasta para ese pollo del otro día, revisitado: el tomillo y el laurel antes del jerez y cosas así.

A lo mejor el capón relleno y trufado está reñido con la cordura. Pero en 1925, en ese buen catalán apenas manchado por una nostalgia que todavía estaba por construir, la cordura tenía un horario de clase, magistral, y la cocina ya era un hecho cultural (me ha salido así de rotundo pero es que realmente lo pienso así. ¡Qué le vamos a hacer!).

Thursday, December 03, 2009

POLLO CONSIGO MISMO



Me gusta el pollo. Casi tanto como el pan, las malas ideas, l’amour l’après-midi o el alioli verde que me ponen unos amigos para mojar los caracoles. Verde como el trigo verde, como el verde, verde, limón, como la memoria (verde) de una anochecer lento y hermoso, como ese secreto que no sabe a alioli ni falta que le hace (mis amigos, catalanes, gastan aceite andaluz pero no se lo dicen a nadie),

Mi pollo puede ser el pollo del todo el mundo aunque menos blanco y menos grasiento. Tengo (y tener es un decir, un denominar, vamos) un carnicero medio gitano, gitano de madre, limpio como una patena, joven, sonriente, hablador y muy buen vendedor. Me guarda unas pechugas oscuras, a mí que lo que más me gusta es el muslo, pero le hago caso y sólo le pongo su poquito de sal y su chorrito de limón para que se arranquen en una especie de silbidos en la parrilla, que unto con su grasita de cerdo para que no estén tan solas y se hagan con amor.

Es lo que he comido hoy. Una patata cocida, una si es no es de escalivada y un alioli verde para que la pechuga, además de amor, tuviera compañía. Son las cosas del querer. Y, qué quieren que les diga, puede ser que las del contar.

Saturday, November 28, 2009

¡PUTA LITERATURA!



Hace un rato estaba triste, profundamente triste. Más cansado que triste, todo hay que decirlo, pero me ha dado la solución un cava algo turbio, o eso me ha parecido, de Costers del Segre, del que me he bebido media botella, hasta ahora mismo, para acompañar unos guisantes que tenía congelados desde marzo, unos guisantes de mi vecina Antònia, con acento grave y gravedad más que probada, salteados, los guisantes, con su poquito de panceta, refrita en una cebolla previa, pochada con amor, con paciencia y con una cayena entera, arqueológica, que compro en una herboristería de Reus que parece una farmacia.

Como me acuerdo de mis muertos cuando bebo, costumbre malsana de la que no pienso prescindir, mientras cocino, aunque sea poco, escribo de memoria un artículo, como dijo el último duque de Alba, don Jesús Aguirre, que hacía Vázquez Montalbán mientras trajinaba una paella. Y he escrito par coeur una oda a un cordero que me comí el otro día en Salamanca que me ahora me veo incapaz de reproducir. Y otra a una paella en Almaçora, de hace dos domingos, que mereció una sobremesa de cuatro horas a la sombra de un atardecer glorioso y de un licor de avellanas de cuyo nombre no quiero acordarme.

Ahora los artículos se han quedado quietos y como olvidados por culpa de que esto es un blog y a la gente le viene preocupando más las estrellas michelin o cuánta cebolla hay que ponerle al revuelto, o si puerros, o. ¡válgame Dios!, el botillo es el fin del mundo y la escalivada el oremus.

Queridos hermanos, la cocina es lo poco que nos queda. La cocina seria, la privada, la pública, la íntima y hasta la vergonzante. La cocina, que no la gastronomía. Y la letra. La cocina sin letra no es nada. Porque al final, y ya hablaremos de eso otro día, lo que queda es la letra. Desde el Buscón hasta Bocuse. El aroma es un recuerdo. Pero la letra es la memoria, la auténtica memoria. A estas horas, con estos pelos y con el resto de cava y de cayena justito en medio del cerebro. ¡Puta literatura!.

Friday, November 20, 2009

CENA, AZOTES, BESO


Acabo de ver en la televisión un fragmento de una filmación antigua de los momentos previos a la procesión de los Salzillos en Murcia, probablemente de los años 50 de nuestro pasado siglo. Estremecedor.

Un anciana unía sus manos callosas rezando, o vete a saber, y los cofrades se iban ajustando las fajas, los capuces, las sayas, se calentaban los pies golpeando los adoquines con sus alpargatas, se entremetían bolsas de caramelos y rosquillas en la panza, miraban a lo lejos.

Al fondo se erguían, enarbolados, tres carteles toscos para reunir a los cofrades que iban llegando, a solas, ante la iglesia de Jesús junto a sus pasos de devoción: “CENA”, “AZOTES” “BESO”. La Santa Cena, la Flagelación y el Beso de Judas.

Acabo de cenar una escueta tortilla y una ensalada de escarola más escueta aún. No están los tiempos para demasiadas florituras. Los azotes me los he ahorrado y el beso, más sacrílego aún, ni lo espero. Hace años estuve en Murcia a ver los salzillos salir de la iglesia de Jesús. Nos levantamos pronto, desayunamos churros y un café fuerte y a lo mejor una copita de ojén. Luego nos morimos de frío para ver amanecer, de espaldas, y hablar con los turistas y con los cofrades y con quien hiciera falta. Fue una hermosa mañana llena de aguardiente y de almendras garrapiñadas y cañas a las doce y pastelones de carne un poco después. Y me he quedado con ese sabor de cena, azotes y besos porque esta noche estamos sentimentales, aquí hay que hablar de yantares y de quereres, o eso parece, y me encanta estar de vuelta tras esa cena, a lo mejor santa, esos azotes, tan livianos, y ese beso esperanzado. Al aire.

Tuesday, November 10, 2009

CON RENOVADOS BRÍOS


Esta mañana me ha escrito Delantal diciéndome que me echaba de menos. En plural, porque es muy educada y porque a lo mejor es verdad. Andaba medio liado con mis costumbres matutinas, esas que me dan de comer pero que frecuentemente me quitan las ganas de cocinar. Y le he contestado que iba a volver, cuando sea, con renovados bríos o con bríos antiguos.

Me estoy currando una sopa de cebolla “apañada” porque de repente me ha entrado frío y he pensado que era lo mejor.

Y he vuelto a escribir mientras las cebollas están cociéndose al amor de mi tibieza y a lo mejor en ascuas por la falta de decisión: a estas horas los bríos son simplemente antiguos. Pero si mañana vuelvo a creer que son clásicos, volveremos a atacar. Me muero de ganas (por otra parte).

¡Salud!

Friday, August 28, 2009

AFTER SUN


Se decía que San Lorenzo, que ya felicité a los cocineros el día 10, era un santo con mucha miga. De pan, seguramente, poco mojado en vinagre para un gazpacho civilizado como el de la condesa de Pardo Bazán, de mollete.

Ha pasado San Lorenzo sin pena y con su poquita de gloria pero el calor persiste, sigue abrasando algo más que las conciencias y aquí me tienen de nuevo, esperando a que la primera tormenta ahuyente mi acto de contrición diario a la hora de la siesta: confiando en que se convierta en media.

Pero algo está cambiando o al menos a mí me lo parece. José Carlos Capel se largó hace unos días una oda al chiringuito de Es Cavallet, en Ibiza, donde, además, le parecía bien todo. Nada de “Aseos, 4”, “Café, 3” o “Ambiente, 2”. Todo estupendo, hasta los calamares a la romana, el pan y el café y la bodega.

Bendito sea el verano, la parrilla de San Lorenzo y el sentido común. No sólo de Pla (don Josep) vive el hombre ni siquiera de Stieg Larsson. (Por cierto, me comentaba una amiga si yo sabía que los suecos tomaban café a todas horas, hasta por la noche. No, no lo sabía: es lo que tienen las lecturas veraniegas, que algo aprendes).

Monday, August 10, 2009

¡FELICIDADES, COCINEROS!



Genéricamente hablando, claro está (no vaya a ser).

Friday, July 24, 2009

DOPO L'OSCURO NEMBO



Como sin pensarlo y para colmo a pleno sol. No hay nubes oscuras, ni una siquiera disfrazada de gazpacho o de raja de melón o de eclipse total, dentro de poco, de ese melón por la sandía.

De Virgen a Virgen, desde la Virgen del Carmen hasta la Asunción, pasando por el Apóstol, por San Joaquín y Santa Ana, por Santa Marta con la mirada casi atónita y por San Lorenzo en la parrilla, los calores son unos y trinos, bien o malaventurados pero casi siempre inmisericordes, aunque humanos, fieramente, como el ángel de Blas de Otero. Mala cosa esperar sin paciencia las sandías de San Roque y el agua milagrosa de San Magín para paliar el insomnio a la hora de la siesta. Miento como un bellaco: duermo más que nunca y prefiero el melón a la sandía, sobre todo para llevarle la contraria a mi psiquiatra y a don Josep Pla, que renegaba del melón porque le sonaba a podredumbre.

Escribir, como tantas veces, por escribir. Para que no se quejen ni Pep Giné ni Anton París, que no se quejan, y para dejarme llevar por la pobre Nelly, de Adelson e Salvini, a estas horas en que los lamentos (o las arias) no son más que una excusa. Para escribir para todos Ustedes, amantes de la siesta, del gazpacho, del melón y de esta modorra que no hay silencio que la rompa. ¿O se trata de ruido?.

Monday, June 22, 2009

COMO UN BOMBÓN DE LICOR



Anoche encontré una fantástica frase en la deliciosa y divertidísima novela Cándido o un sueño siciliano de Leonardo Sciascia.

Cándido, un niño aún en la página 70, piensa en su abuelo, el general Cressi, antiguo militante fascista y combatiente en la guerra de España, y describe su habitación repleta como un abigarrado relicario mussoliniano: banderines negros, medallas, fotos del Duce dedicadas y una del Generalísimo Franco. “...cuando el general decía “el Generalísimo”, cuenta Sciascia, “Cándido tenía la impresión de que sobre las primeras sílabas aplastaba un bombón de licor y sobre las siguientes lo saboreaba”.

Al leer cosas como ésa, tan sabrosas, me acuerdo de este blog y voy y lo cuento. Tal cual.

Saturday, June 13, 2009

INCOLORO, INODORO, INSÍPIDO



Hace unos días alguien incluía en una lista secular de perversiones al higienismo, sobre todo el alimentario. Me acordé enseguida del doctor Capo y de su teoría, la trofoterapia, del que aún conservo algún libro con las cubiertas color carmín, y del antiguo y único restaurante vegetariano de la Barcelona de los años sesenta-setenta, el de la calle Canuda, donde los viejos combatientes del crudivorismo, el nudismo y hasta de la magia negra masticaban, pensando probablemente en esperanto, los recuerdos de las cortas repúblicas españolas mezclados con un puñadito de algas iziki (ésas que hacen crecer las uñas y conservan el cuero cabelludo) y unas cuantas berenjenas fritas en aceite de cualquier cosa.

Hoy he visto el anuncio del nuevo vino de las muy respetables bodegas Torres, que se llama Natureo, tiene 0,5 º de alcohol y aporta únicamente 22 kilocalorías por copa (de vino). Seguramente no lo voy a probar nunca a no ser que los señores Torres me inviten expresamente a ello, y no digo ni que no huela ni que no sepa. Es que me da pena.

Friday, June 12, 2009

E LUCEVAN LE STELLE



“…Y olía la tierra / Chirriaba la puerta del huerto / Y un paso rozaba la arena…”

Después, en la bellísima romanza del tercer acto de Tosca, el protagonista, Mario Cavaradossi, canta ante su inminente ejecución: Entrava ella, fragrante / Mi cadea fra le braccia…

Pero no. En mi cocina aún no huele a tierra ni de repente el gres se ha convertido en un lecho de turba rubia y la puerta sigue dando a la librería pequeña, delante del baño. Pero resulta que sí, que lucían las estrellas y ha entrado con pasito corto, frío, contundente, casi rabioso, ¡el primer gazpacho de la temporada!.

Benditos sean Puccini y los tomates de pera, a partes iguales.

Wednesday, June 03, 2009

LA GARBANZADA IBÉRICA



Manuel Vázquez Montalbán escribió en el Prólogo al libro de Andrea Camilleri Un mes con Montalbano que “…la vanguardia de los lectores, (es) hoy mucho más determinante que la vanguardia de la crítica, por mal que les siente a algunos críticos empeñados en identificar al público con el mercado para desacreditarlo como juez”.

Tanto el prólogo como el libro son excepcionales, de la mano de dos espléndidos escritores empeñados, ambos, en escribir bien y en comer bien. Empeñar no es el verbo ni empeño, creo, su actitud. Más que empeñados, dedicados en cuerpo y alma pero como quien no quiere la cosa. A comer bien, a contarlo mejor y a decir verdades como puños o como puñados de garbanzos, que viene a ser lo mismo.

El sábado pasado Manuel Vicent nos despertó desde el cada vez más infumable Babelia, el suplemento “literario” de El País, con un artículo de los que hay que guardar, en el corazón, desde luego, y posiblemente cerca de la cabeza. En la garganta, por ejemplo. Lo dedicaba a Juan Benet y a Luís Martín Santos y de paso, o eso me pareció, a Camus, a Sartre, a Joyce y a don Pío Baroja. De ahí he sacado el título de esta entrada que flambea como un buen soufflé junto a los “portales con olor a berza”, “las tascas aceitosas” y “los escaparates galdosianos poblados de bragueros, suspensorios y piernas ortopédicas”. Y así nos mete, también como quien no quiere la cosa, de lleno en Madrid y en la posguerra y en las lizas o las lides o los pleitos, literarios, de los dos escritores. ¡Qué bien escribe Manuel Vicent cuando le da la gana! Y qué bien hacen los escritores la crítica literaria.

Por eso me gustan más, mucho más, lo que escriben los comensales y lo que piensan los cocineros que lo que hacen los críticos que continúan aburriendo con sus puntuaciones absurdas (“Café, 5”, “Aseos, 4”), sus valoraciones obsoletas y, lo que es peor, con unos libros que tienen todos la misma bibliografía final y que recogen recetas manidas y remanidas, refritas y sin derecho a cocina. Después del libro de Perucho y Luján díganme Ustedes tan siquiera un manual que no sea aburrido hasta la muerte (ya sé, ya sé, doña Inés Ortega, incluso don Manuel). Pero poco más.

Por eso leo novelas policíacas donde se habla de crímenes y de cocina, que a veces es prácticamente lo mismo.

N.: La ilustración corresponde a una garbanzada canaria y la he puesto en recuerdo de don Benito Pérez Galdós al que Valle Inclán llamaba, con toda la retranca del mundo, Don Benito El Garbancero.

Thursday, May 28, 2009

OY COMAMOS Y BEBAMOS / Y CANTEMOS Y FOLGUEMOS

"...que mañana ayunaremos".

Juan del Encina, Cancionero de Palacio.

Tuesday, May 26, 2009

DESDE MI COCINA



Tengo una cocina ni grande ni pequeña, tampoco tan luminosa, con demasiadas trastos por medio, algún artefacto de más, cosas útiles y auténticas idioteces como la mesita para la cafetera de brazo que sólo tiene encima una cafetera no muy grande y detrás una foto enmarcada y los tarros del café y una azucarero antiguo de La Cartuja pero que siempre (la mesita, los tarros, el azucarero) se mueven al pasar porque un poco más allá está la lavadora y queda poco sitio y entonces pienso, al segundo tropiezo, ¿para qué quiero esta mesita sólo para la cafetera?. Pero resulta que la mesita me gusta.

Mi casa es mediana tirando a grande pero está mal aprovechada, más o menos como mi vida (también mediana y tirando a desmesurada). Almaceno cosas por el placer de hacerlo, no para usarlas, y también porque forma parte de mi oficio. Del real y del inventado. Los libros no me comen, se alimentan solos, de sí mismos, y además me sirven de aislante tanto del frío como del calor, lo mismo que los cuadros, cientos, unos al lado de los otros, en el peor gabinete de coleccionista que se pueda imaginar. También tropiezo con una escultura, mala pero bonita, al entrar en el cuarto de baño y me tengo que duchar deprisa para no estropear una especie de dosel de damasco que cuelga delante de la cortina. Pero me ducho cada día y duermo en una cama aparentemente normal (el colchón no tiene ni seis años) y cocino de vez en cuando, esquivando los obstáculos, intentándome olvidar de los prejuicios, procurando poner un poco de orden en este desaguisado (hermosa palabra) que comenzó al cumplir justo cincuenta años.

Todo esto viene en vez de una entrada que me había propuesto ayer noche para hablar, bien y mal, de los blogs gastronómicos, de los blogueros, de sus pompas y a lo mejor de sus circunstancias. Porque escribo, desde mi cocina, porque esto es un blog para blogueros y otros entusiastas, para amigos y conocidos, y no guardo nada: así que, cuando se suprima, que lo haré, no quedará nada. Y eso no es que me guste, es que me pone.

Lo que realmente me aburre es la sinrazón, la vacuidad, el pleonasmo, el más de lo mismo y la discusión de club de jubilados. Afortunadamente todo esto es etéreo (está en el aire) y se trata de pura ilusión. Y en el fondo, al final, como conclusión, incluso como orgasmo, la mejor tortilla de patatas, los mejores pimientos rellenos, el mejor daiquiri, el mejor poema o la mejor cantata (esa que está sonando ahora en mi pobre Sony grande y negro, un poco a lo lejos, y que me sigue robando el corazón).