Monday, October 13, 2008

L'AMOUR EN WAGON LIT




Dos casualidades lectoras y una conversación familiar nos han devuelto un olor, un color y, tal vez, un deseo. Hace ya rato, con la luna a punto de estallar y el genio, como se solía decir, algo más templado.

Esta tarde, paseando por el pueblo de Anton casi en secreto, hemos hablado de la soledad tremenda de las calles domingueras al calor de la digestión (o en sus ardores, como decía el otro), del olor o quizás de la sensación de asfixia de esa soledad. Unos caracoles perfectos con un alioli que era, como los de Carvalho o los de Biscúter, un bálsamo perfecto para la soledad, una pomada más preventiva que curativa para los males de corazón, han tenido parte de culpa. Y una de las mejores confiterías del Principado cerrada y un tufo a unos churros sin patria (y sin razón) han puesto la guinda. O peor, se la han quitado.

Pero la cosa iba de soledades y de trenes y de amores prometidos y no siempre cumplidos. Miento un poco. Lo del amor lo añado porque sin amor no hay texto y sin texto no hay soledad que aguante. Por lo menos a nuestra edad.

El primero de los textos es la autobiografía de Alberto Oliart, Contra el olvido, que ha leído poca gente por aquí pero que los de Tusquets, no siempre hábiles, siguen reeditando. Oliart habla de la guerra y de la postguerra, crudamente, y de Barral, de Castellet, de Jaime Gil y de parte de mi familia, una parte muy querida y también muy olvidada. De esa parte hemos hablado hoy, y hasta hemos hecho una llamada telefónica en pleno fragor caracolero. Porque era el día del Pilar y los viajes en tren de Alberto Oliart eran idénticos a los nuestros y a los de media España, y porque en el fondo de un pasillo de tren antiguo siempre queda un olor a tortilla. Y a olvido.

La otra lectura ha sido provocada. O sea que he mentido otra vez y no ha sido casual. Pero se me estaba haciendo tarde y no he tenido más que alargar la mano para rescatar de otro olvido la Historia de una taberna de Antonio Díaz Cañabate para meterme de cabeza en un vagón de tercera, que olía más, que olía.

Antes los trenes tenían tres clases, como ahora, pero más explícitas y me parece que hasta más caritativas. Eso de “Club”, “Preferente” y “Turista” me parece más excluyente que la Primera, Segunda y Tercera clase que dejaban las cosas claras. Se pagaba lo que se podía pagar y ahora parece que tengas que pertenecer a algo. En fin. El texto, que a mí me encanta, de Díaz Cañabate, me explica el fondo del asunto, que es a lo que iba: “Las paredes del vagón de tercera van pintadas de color de tortilla; en las tablas queda su grasa, en el aire su aroma y debajo de los asientos el papel que las envolvió, semilla de las tortillas, cosecha ubérrima del vagón de tercera.”

Esta tarde, a pesar de los caracoles o, fíjate, a lo mejor por su culpa, las paredes de la memoria han vuelto pintadas de color de tortilla, quizás para cosechar lo que nos queda por escribir. O para olvidarnos para siempre. ¡Vete a saber!.

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