Sunday, March 30, 2008

CÓCTEL DE GAMBAS


Hace unos días y en un canal autonómico de televisión hicimos una semblanza, escueta, de la crisis de la religiosidad popular de los finales 60’s y primeros 70’s a la luz del Concilio Vaticano II, con el que nos estamos poniendo un poco pesados, y de los últimos ministerios de Información y Turismo de Manuel Fraga. El Concilio se abalanzó contra las procesiones y las rogativas y don Manuel puso a la gente en la carretera rumbo a Torremolinos a mojarse los pies en un Mediterráneo todavía helado en el mes de marzo al son de una saeta retransmitida en directo y en blanco y negro desde la calle Cuna con la voz acaramelada de Jesús Álvarez.

En 1973 Víctor de la Serna publicó un artículo en la revista Gentleman, que entonces parecía tan moderna y tan atrevida, que tituló Gastronomía en la España del desarrollo y en el que arremetió contra los usos y costumbres de esa cocina internacional que tanto les gustaba a los súbditos de don Manuel en su virreinato turistil, hortera y desmayado. El artículo no es excelente pero nos recuerda una a una varias de las aberraciones al uso y al disfrute de los nuevos españoles vestidos de tergal: la vichyssoise empalagosa, la fondue bourguignonne de carnes bizarras, los tremendos surtidos de ahumados, el panaché de verduras y el cóctel de gambas.

Conservo en perfecto estado un juego de doce artefactos para ese cóctel que alborozaba sobre todo a los jovencitos, de cristal color ámbar la copa para el hielo picado y transparente el bowl que servía de túmulo funerario al lecho de lechuga, las gambas troceadas y bañadas con esa salsa rosa amarronada de mayonesa, ketchup y el imprescindible chorrito de whiskie. Los conservo como exvotos y no los uso.

Ayer estuve cenando en una especie de banquete en honor a una amiga en el retaurante de un flamantísimo y novísimo beach club no muy lejos de mi casa. El menú, seguramente carísimo, no estaba mal pero los camareros se empeñaron más en descifrarnos que en describirnos cada uno de los platos, en voz alta y sin prestarles los comensales demasiada atención, e incluso, cosa que no soporto, el orden de la ingestión: “primero el chupa-chup de queso, luego el canapé de tomate raf y después el chupito de crema de calabaza con arena de pimiento seco”. Váyase a la porra, señor mío, que la señora de al lado está mal del oído y además no le gusta que le interrumpan su conversación, extensa, minuciosa, sobre la fabada.

El peligro no está en el mimetismo sino en el no entender las cosas, en simplificarlas y después abigarrarlas. Que en una casa burguesa, la nuestra, se compraran en 1968 doce copas color ámbar para el cóctel de gambas, un aparejo francés para la fondue e incluso un ast eléctrico para los pollos era signo de modernidad postfranquista. Y no necesariamente malo. Pero como cualquiera de mis amigos me invite a cenar chupa-chups de remolacha, piruletas de salmón y gominolas de corzo con un jeringazo de reducción de Pedro Ximénez, en fin, me voy a enfadar.

Tuesday, March 25, 2008

GIN & TONIC VATICANO II



Ni Manolo Altolaguirre ni Jaime Gil de Biedma ni Pedro Garfias ni siquiera algún poeta en desuso que prefiero no nombrar. Ni sombra de cafetines de Alejandría ni de milicianos en el frente de Aragón ni de verde que te quiero verde ni de viento ni de rama. Frío a pelo, estremecedor, como de cantar gesta, épica castellana pura y a lo mejor leonesa.

Entre las manos, impúdicamente, un gin & tonic helado, transparente y amarillo como la bandera vaticana, mientras una Virgen bajo palio se mecía exactamente rumbo al final de su culto callejero. Callejeador. Calléjido. Vete a saber.

El frío no tiene patria pero a lo mejor tiene señas. Y el gin & tonic tiene de todo, hasta desvergüenza. Hacía mucho frío hace una semana mientras la Virgen nos iba perdonando, pecadores que masticábamos la rodaja de limón y nos seguíamos helando el estómago un poco con Bombay y otro poco con Schweppes. Una de cal, intensa y pura, y otra de arena, más pura aún pero un poco más festiva.

Escribir por escribir, que para eso estamos aquí, felices de haber pasado un frío histórico más en el corazón que en el estómago. O en ambas zonas.

Tuesday, March 18, 2008

NAZARENO Y ORO



Fotografía anónima.
Ibi, Alicante.
Circa 1960.

Thursday, March 13, 2008

2.704 OSTRAS


Semejante cantidad de ostras fueron las que robaron cuatro jóvenes gallegos de una batea de Cambados la noche del 3 de marzo. Los jóvenes, vecinos de Ribeira, Vilanova e Illa de Arousa, fueron detenidos y posteriormente prestaron declaración en el Juzgado de Instrucción de Cambados tras lo que quedaron en libertad con cargos. Las ostras confiscadas no habían pasado el proceso de depuración por lo que una vez puestas en el mercado, y según cuenta El Faro de Vigo, podrían haber generado “serios problemas de salud”.

Lo que nos ha llamado la atención es el titular del diario vigués, donde calificaba de furtivos y no de depredadores a los jóvenes gallegos. En seguida me los he imaginado glotones y no ladrones, ávidos devoradores de ostras sin depurar y si no con un buen alvariño frío hasta con un condado o incluso con cerveza Estrella Galicia. Pero las cosas no son siempre como te las imaginas.

Monday, March 10, 2008

OSTRAS, PURÉ SAINT GERMAIN Y PECHUGAS VILLEROY



Solía pasar las noches electorales casi en la calle o por lo menos con un pie fuera de casa. Una vez, en los ochenta, en la sede de un partido con un vaso de plástico con cava calentorro y una pantalla de televisión y seguramente ganas de pasármelo bien. Y luego en un hotel local, provinciano y ostentoso, bajo un óleo de uno de los accionistas firmado por Revello de Toro y con el cava ya en copa de cristal y algo más frío. Y a partir de entonces con un buen amigo y a lo mejor una pizza de atún y cebolla y varias cervezas bien frías y bien decentes.

Pero ahora no. Ahora me suelo sumergir, a solas, en una especie de catarsis algo culpabilizadora y culpabilizante, suelo hacerme una tortilla bastante grande para luego cortarla en tacos y espero con impaciencia y a veces de pie. Más que nada para recordar.

Anoche repetí el protocolo, que no es tal, y me bebí hasta una botella entera de perrier porque la tortilla me estaba dando sed y no estaba para sofocos. Esperé hasta el discurso de Zapatero, tonteé un poco en el ordenador y me acosté para intentar reconciliarme conmigo mismo, un poco con el pasado y algo más con el futuro.

Deseché dos de mis manuales de cabecera por un pudor quizás un poco trasnochado: los Ejercicios de San Ignacio y Del socialismo utópico al socialismo científico de Engels, textos ambos que si bien no suelen tener un claro efecto terapéutico me ayudan frecuentemente a conciliar alguna cosa nocturna y normalmente irreconciliable. Acudí entonces al primer tramo del pasillo, sección Rarezas, y deseché por lo menos dos, tampoco demasiado balsámicas. Y me encontré (¡sabía que estaba allí!) con Mis almuerzos con gente importante de José María Pemán, en el que me sumergí sin prejuicios, que no los uso casi para nada y menos con tamañas evidencias.

Para quien no lo conozca el libro de Pemán, publicado por Dopesa, la entonces atrevidísima editorial, en 1970, corresponde a ese memorialismo tremendo de postguerra, hijo de alguna forma de los libros de César González Ruano y de otros columnistas afamados, y que en el caso de Pemán, monárquico donjuanista, mediocre poeta y dramaturgo inclasificable, se adornaban con un gracejo que no tenía, un andalucismo que frisaba lo folclórico y definitivamente un franquismo acomodaticio que disimulaba con un fervor monárquico que lo tenía, desde luego, y del que hacía gala pero que no hacía más que añadirle hierro a su prosa en vez de las pretendidas liras: espadas como espadas, nada de labios, y rosas, ni las del azafrán.

Pero me dejé llevar ¡hasta la página 98! y me detuve y aún lo estoy en el almuerzo del poeta con Gabriel Maura en el grill del Palace, recién salidos de una sesión de la Asamblea Nacional, las paródicas cortes del dictador Primo de Rivera, almuerzo al que estaba invitado Cambó pero al que no acudió “por motivos de fuerza mayor”. El menú lo encargó el duque de Maura, “como un experto”, y viene a ser todo un listado de elegancia de entreguerras con una herencia belle époque pero a la madrileña. Las ostras de Arcade, supongo, los guisantes de Aranjuez, seguramente, pero nada de pulardas ni de faisanes ni siquiera de becadas.

El café lo tomaron en el hall y la conversación versó sobre Juan Valera y su Pepita Jiménez, ni más ni menos. Con ese menú, tamaña literatura y semejante entorno me fui adormeciendo y acabé soñando con Pemán y Eugenio d’Ors vestidos de caballeros del Santo Sepulcro en la batalla de Clavijo, el duque de Maura en una caseta de tiro de feria apuntándole a Manuel Altolaguirre y un maître del Palace persiguiendo a un pavipollo por los pasillos de las Cortes. Esta noche leeré a Santa Teresa o a lo mejor a Fray Luis. Valores seguros.

Friday, March 07, 2008

LA GRIPPE ESPAGNOLE


Mañana día ocho de marzo se cumplirán noventa años de la primera anotación que hizo Josep Pla en su Quadern gris. Con motivo de esa efemérides y coincidiendo con el fervor bloguero, bloguísitico o bitacorero que nos inunda –y que a veces nos desborda- los editores de Rodamots, una página que ofrece cada día una palabra catalana, su explicación semántica, su etimología y una cita literaria que la contenga, publicarán durante nueve meses fragmentos del dietario de Pla como si se tratara de un blog.

No sabemos si la mesa camilla del mas de Llofriu levitará, si los anaqueles se estremecerán o si no pasará nada. Pla no hubiera escrito un blog por nada del mundo, nos parece, sino que hubiera tenido una columna en La Vanguardia y otra en El Periódico, una colaboración en El País Semanal y vete a saber qué cosas más. Aunque hubiera mantenido un dietario sin ánimo de publicarlo como fue el suyo.

El Quadern gris, que para los castellanohablantes (o leyentes) tiene una buena traducción y otra que anuncia Planeta, comienza ese ocho de marzo hablando de la grippe, que en 1965 Pla transformó en grip, que había no sólo de cerrar la Universidad sino de asolar las tierras españolas y parte de las extranjeras. Los franceses, que todavía estaban en guerra, minimizaron las muertes debidas a la pandemia y la convirtieron en espagnole por motivos propagandísticos más que otra cosa. Aún así las muertes fueron tremendas pero el joven Pla se vuelca en contar su estancia forzosa en el pueblo paterno, Palafrugell, y el postre fantástico de la comida familiar: “… una gran fuente de crema quemada” (traducimos) “y un bizcocho delicioso, esponjoso, dorado, con un polvillo ingrávido de azúcar”. Magnífico comienzo que lleva al escritor, ya brillante como el bizcocho, a divagar entre la familia y el postre, el amor, seguramente, y la literatura.

Cuando en 1965 Pla le dio a Vergés, su editor, el “vist i plau” (el visto bueno, en castellano), para publicar su dietario, introduciéndolo con unas palabras quizás demasiado académicas, no podía sospechar que su Quadern se iba a convertir en una de las piezas clave de la prosa catalana del siglo XX, con una riqueza de matices muy moderna ya para esa fecha (colorista pero ni modernista ni noucentista), de gran lector y de profundo prosista, de ese narrador entre viajero y viajador que siempre fue, incluso sentado a su mesa camilla.

Vale la pena leer esas páginas de trecho en trecho, de vez en cuando y hacer, de paso, un ejercicio no digo de agnosis pero por lo menos de humildad. Por amor a la literatura, supongo, pero sobre todo por repasar un poco, y de muy buena mano, el siglo XX. Que buena falta nos hace.

Tuesday, March 04, 2008

FRONT PAGE



Más que nada para quitar a la niña de la portada. Por si acaso.

Mañana volveremos a hablar de Josep Pla.

Friday, February 29, 2008

ÁNGEL MÍO


Se me hecho tarde tonteando con el ordenador, intentando llamar a quien no debía, dejándome llevar por una noche sosa y más bien magra y resulta que ya es viernes, que me debo poner a dormir como quien pone algo que no es suyo, como quien cumple un deber pero sigue desobedeciendo las órdenes.

Y resulta que tenía ganas de escribir. He repasado los cientos de papeles que me abruman, las citas pegadas por las paredes, los libros en equilibrio aparente, los recetarios resobados, los textos iniciados y luego desechados, las fotos de los amigos, las de los animales y las de los objetos. Después me he tropezado con una carpeta, con esa carpeta, y he recordado lo que tengo que escribir por obligación y no hay manera.

Entonces me he puesto a repasar, porque esto es un blog de cocina porque me he obligado a que lo sea pero también porque me gusta. Y han aparecido unas Patatas rellenas sin ninguna gracia, que claramente no la tienen, y luego una Greixonera d’albergínia que a lo mejor sí, puede ser que tenga gracia además de una especie de bechamel espesa, una brumosa historia de invierno en Ibiza mezclada, que ya es mezclar, con un recetario de cocina isleña del sigo XVIII del que es autor un fraile agustino, piadoso y testarudo. Pero ni por esas.

He estado a punto de poner en marcha unos Guisantes salteados Charito Pallejá, niña prodigio, un Guiso de lentejas con mala conciencia, unos Huevos María José Alfonso, actriz y hasta una Anguila en salsa verdigrís aunque al final he dudado del título. Me he pasado casi una hora dudando de todo, encendiendo algún cigarrillo de más y preocupado porque el teléfono ha seguido sin sonar. Sigue sin sonar.

Por eso le dedico a esa niña anónima, española y seguramente piadosa, mi confusión nocturna, mis pocas ganas de acostarme (con miedo de no dormirme) y un Elogio del membrillo y del queso de Arzúa que seguramente escribiré otra noche. Más templado.

Saturday, February 23, 2008

BUÑUELOS DE BACALAO



Si ahora resulta que tenemos que comer para recordar o degustar para evocar, como va diciendo por ahí un cocinero cursi y con un pasado más bien castrense, será mejor dejarlo correr.

Hoy he cenado buñuelos de bacalao y escarola en ensalada y no he recordado nada. Ni la receta de los buñuelos.

Tuesday, February 19, 2008

UN HAMBRE, DIJO ELLA, REPENTINA


Hace un momento me ha dado la pauta Ítaca, una de mis contertulias, al hablarme en su comentario de Juan Gil-Albert, de lo cierto y de lo sentido.

El escritor, en su Crónica general, un libro muy recomendable sobre todo para desmemoriados de ambos bandos y aún más para esos lectores que me agreden cada vez que leen lo que dije sobre Rafael García Serrano (aunque ¡allá ellos!), en ese libro, digo, traza lo que antes se llamaba una semblanza, genial, sobre Antonia Mercé, la Argentina, gran bailarina que fue musa de los Azaña, los Rivas Cherif, los Marañón, y sobre todo la representante carnal pero culta (los adjetivos son nuestros) de la danza española, que modernizó, que vestía de Chanel y que tanto le gustó después a don Néstor Luján.

Los Gil-Albert se despidieron de la Argentina poco antes de morir, el catorce de abril de 1936, en Bayona, tras “un dolor lacerante en el pecho, un hambre, dijo ella, repentina”. Bergamín le llamó “la corazonada de la Argentina”, quizás porque se ahorró tres años de miserias que su corazón entonces sí que no hubiera aguantado. Y acaba Gil-Albert, espléndido: “Así se cierran, a veces, las épocas, de un portazo”.

Sunday, February 17, 2008

VANITAS



Acabo de volver de Madrid de darme una vuelta exagerada pero una vuelta al fin y al cabo. A la vuelta de la vuelta sólo se me ha ocurrido ayunar, guardar silencio y alargar la mano hasta la preciosa edición de la Obra literaria de José Gutiérrez Solana, la que le hizo Taurus en 1961. Una edición, pues, anterior a la época de Jesús Aguirre que aún andaba entonces en sus “avatares eclesiásticos, siempre brumosos” tal como decía Jorge Herralde. Luego pasó lo que pasó, el cura se mudó, mantuvo en vilo la editorial con exquisitez y muy buen sentido, se hizo amigo de casi todo el mundo (y enemigo de unos pocos) y, al final, lanzó la montera (y el capote y las antiguas sotanas) y se hizo duque de Alba por matrimonio, lo que siempre nos pareció la manera más prudente de serlo.

Pero el libro sigue aquí, ajeno al paso del tiempo, con esa magnífica Introducción de Camilo José Cela (el mejor prologuista del siglo XX español, además de Jesús Aguirre), con esa encuadernación en tela color canela que el tiempo ha mejorado, con las ilustraciones y las capitales preciosas y con cientos de anotaciones al margen de mi señor padre que venían a remendar los fragmentos censurados y que, para mí, convierte al libro en una edición de lujo, “anotada a mano por un lector”.

En su tremenda La España negra, que es un texto de viajes que debería de ser obligatorio por lo menos en las escuelas de turismo y, sobre todo, en los seminarios pontificios, hemos vuelto a releer, hace un momento, el capítulo dedicado a la villa de Tembleque, en la provincia de Toledo, “a unas diez leguas” de la capital y a la que el pintor viajó en tren. Nada más llegar, hambriento, entró en una fonda a comer. Se sentó en una mesa presidida por el cura, un hombre orondo, cejijunto, malhablado, con las uñas sucias de cavar el campo y la mano larga. Comió mal el pintor Solana, o más bien poco y escurrido: sopa, unos cuantos garbanzos duros, albondiguillas y “descalabraduras”, restos, en fin, de un banquete que no existía mientras en Madrid su Majestad don Alfonso casi ni probaba los siete vuelcos de su cocido o le pegaban un tiro a un estudiante muerto de hambre contra las rejas del Retiro por haber gritado ¡muera el Rey!. Esa España olía a muerto porque sí, y Solana la retrató casi sin entusiasmo. Con la crudeza de la primera mano, con el ojo de pintor.

De postre, en la fonda de Tembleque, le pusieron a Solana, al cura sucio y jugador y a los otros comensales (“un señor enfermo con la calva de madera barnizada”), “un membrillo amarillo como vela de difunto y unas galletas duras”.

Ayer por la tarde, en un estanco entreverado en uno de los flancos de la estación de Atocha, en el exterior, me atendió, sin mirarme, un sobrino nieto de don José Gutiérrez Solana, familiar, a su vez, de Ramón Gómez de la Serna (por parte de madre), vecino de un hijo del portero de don Pío Baroja y coleccionista de estampas de la guerra del Rif. Los viajeros nos apresuramos a devorar los restos de un sándwich mixto pero en la cantimplora escondí, artero, parte de esa historia a la que le exprimo todo su jugo y luego me lo bebo a solas. Incluso cuando no tengo sed.

Wednesday, February 13, 2008

ARROZ CON BACALAO GUGLIELMO MARCONI


El señor Domènech i Puigcercós, Ignasi, y sus herederos don José C. Balagué Domènech, doña Margarita y doña Nieves Domènech Beaume no sólo tienen a bien sino que siguen brindándonos la posibilidad de comprar las sucesivas y parece que inacabables, afortunadamente, ediciones del libro de su antecesor, La teca, escrito con un encanto casi novecentista y dedicado, eso lo sabe todo el mundo, “a la reina del hogar”, “a la noble mujer casera, tan preocupada por la felicidad…”

Creo que hay una traducción castellana llamada groseramente La manduca, pero no sé si me lo invento porque prefiero no pensar en las traducciones que seguro que iban a traicionar sobre todo el tono, genial, de la mayoría de las recetas.

El señor Domènech, y sin buscar mucho, va y le dedica su arroz de bacalao (“de casa nostra”, de nuestra casa, dicho sea en un amplio sentido) ni más ni menos que a Guglielmo Marconi, el inventor de la radiotelefonía. Y lo hace con un prólogo, un prologuito, delicioso que no me puedo resistir a traducir intentando no traicionar: “Siendo el célebre inventor Marconi uno de los que más han contribuido al descubrimiento de la radiotelefonía, ahora vamos a dedicarle esta suculenta receta, que en su ambiente o tema de composición de cocina es medio italiana medio catalana: al final resulta que la cocina del país de Verdi se parece mucho a la nuestra”. Fíjense bien, no dice la cocina del país de Leopardi o de Garibaldi o de Manzoni, incluso de Rossini, tan próximo por culpa de los canelones o de los tournedós, o gracias a ellos, sino el país de Verdi. ¡Viva Verdi!, como el acrónimo que gritaban los monárquicos italianos agazapados tras las caídas de los sucesivos vittorios emanueles: V(iva) el R(e) D’ I(talia).

Al final, con Marconi, con Verdi e incluso a pesar de Rossini, Gioachino, la larguísima receta del señor Domènech se soluciona con bacalao desmigado, mejillones al vapor (abiertos al amor de una hoja de laurel y un poco de orégano), un sofrito de cebolla y pimientos verdes, una picada de ajo y perejil, un polvito mínimo de canela, tan aficionado como era, y a mitad de cocción un bastante de queso gruyère rallado, una vuelta, dos o tres huevos batidos por encima y al horno a gratinar para que se acabe de hacer, construya una ligera costra y celebremos, mientras tanto, la bendición que supone la radiotelefonía para todas y cada una de nuestras casas.

Sunday, February 10, 2008

DIETA Y MANGUETA



El refrán aparece, creo recordar, en la extraordinaria y educativa Vida de El Buscón de don Francisco de Quevedo, y es más que apropiado para estos tiempos, políticos, litúrgicos y hasta diríamos que temperamentales: “Dieta y mangueta, y siete nudos a la bragueta”. La dieta ya sabemos lo que es, desgraciadamente. La mangueta era un recipiente de cuero o de lienzo encerado que, con un pitón en unos de sus bordes, servía para poner enemas y que se usaba en tiempos de don Francisco y mucho antes. Lo de los nudos, cosa de la estación, del Siglo de Oro y de la zumba del escritor.

Quevedo era muy aficionado al chocolate, como don Matías López, el del anuncio, y como media España y parte de Portugal. En una de sus cartas desde el convento de San Marcos, en León, cuenta, como si se tratara de una adivinanza, que se desayunaba con un “compuesto (que) hace un todo muy ardiente, y de alguna parte de él (por más que sea algo fresca) se puede tomar un cáustico muy fino. Tomado hirviendo, causa más provecho que tibio y frío, porque no tiene tanto rigor su fortaleza…”

Le hemos hecho caso a don Francisco y a su Buscón, “ejemplo de vagamundos”, y nos hemos desayunado, olvidándonos de la dieta, chocolate con picatostes, hirviendo, dispuestos a combatir la tibieza de los tiempos y la frialdad del entorno. Dispuestos a seguir viviendo en esta casa recién enjalbegada y que a nosotros nos parece tan cómoda.

Wednesday, February 06, 2008

LLEGADA DE LA CUARESMA

El etnólogo Joan Amades nos recordaba en su conocido libro Costumari català el refrán que reza (o a lo mejor amenaza) que “La Quaresma i la justícia / són fetes per als pobres”, hechas para los pobres. San Felipe Neri, gran propagador de la práctica de Las Cuarenta Horas y patrón de los educadores y de los humoristas, un hombre bastante cauto pero eminentemente práctico, creía, y era una de sus máximas, que había que “comer bien y ser santo”. San Ignacio de Loyola, al que no me atrevo casi ni a subrayar, decía en sus Ejercicios que la templanza “consiste en quitar lo superfluo”. Pobres, biencomidos y poco aficionados a los adornos, vamos a acompañar a esa vieja coronada de espinacas en su cuarentena con algo más que entusiasmo, garbanzos y bacalao.

La ilustración corresponde a un dibujo de Manuel Moliné titulado Llegada de la Cuaresma, que apareció en el semanario humorístico L’Esquella de la Torratxa, publicado en Barcelona en 1906. Doña Cuaresma lleva en un cesto un saco de “cigrons” (garbanzos), otro de “monjetas”, sic (alubias), posiblemente unas patatas y las siete sardinas rituales, colgada en bandolera la Butlla de la Santa Creuada (la Bula de la Santa Cruzada) y un preste en la cola, blandiendo una campana y un matacandelas.

Monday, February 04, 2008

CON SANGRE ENTRA



Que no sólo la letra ni tan sólo las morcillas, ni la lamprea ni las filloas ni la visión sanglant de la vida, del entrecot o del bistec solitario.

Esta mañana Max Vergara Poeti nos ha sorprendido en su columna mensual Ánfora de Letras que aparece en Libro de Notas, nuestro proveedor habitual, con una crónica titulada 8 platos contra el viajero donde relata o cuenta o describe ocho encuentros, ilustrados, con cocinas exóticas, tremendamente animales y difícilmente humanas, desde una cabeza de oveja asada y sonriente y un huevo de gallina con el embrión casi desarrollado hasta el casu marzu sardo, pasando por el sanguinaccio de algunas regiones italianas y tan parecido a nuestras exquisiteces, que lo son, sanguinolentas, restos líquidos de la matanza consolidados con cebolla y piñones.

Curiosa la crónica y sabrosos los comentarios, que no paran. Pasado mañana tendremos el bacalao a punto, nuestra selección musical cuaresmal en su sitio y la mirada fija o en un monasterio benedictino (los monasterios donde mejor se come del mundo, occidental) o en las manos de alguna prodigiosa amiga ictiófaga y gramaticalmente correcta. Impacientes.

Friday, February 01, 2008

GUINDAS



Hace un momento un ciudadano que ha sufrido un accidente de tráfico declaraba a una cadena de televisión que el proceso estaba en punto muerto pero que la declaración de uno de los testigos era “la guinda que colma el vaso”.

Al pobre señor no le deben de quedar ganas de coronar ningún pastel ni de ver colmado su triste vaso con una nueva gota, sino beber el cáliz de la amargura o esa otra barbaridad que sugería “apurarlo hasta las heces”.

Por mucho que nos apuren no hay gota que nos desborde, verborrea que nos colme ni guinda que, de momento, vaya a coronar nada. De momento.

Thursday, January 31, 2008

SUEÑOS BILINGÜES




Un ciudadano de Girona, Lluís Duch Casadevall, ha enviado al periódico La Vanguardia de hoy varias fotos que reproducen los rótulos de las calles del hermoso pueblo francés de Costouges, en la comarca del Alt Vallespir.

Nosotros tenemos la suerte de vivir en una calle con un nombre por lo menos añejo aunque exento de toda poesía, bastante radical, vamos. Pero alguno de mis vecinos siguen viviendo aplastados bajo los nombres y los apellidos de taquígrafos del siglo XIX (un buen siglo para la taquigrafía), organistas ignotos, padres agustinos perdidos en la noche de los tiempos o capitanes de navío ingleses que, además, nos tocaron las narices.

Bajo esos sueños inconfesables de los vecinos de Costouges seguramente dormiría más tranquilo (o soñaría despierto).

Tuesday, January 29, 2008

EL JUEGO DE LOS LIBROS




No están los tiempos para demasiadas florituras a pesar de que Juan Luís Cebrián se siga empeñando en que sí, el conde de Godó en que quizás y tal vez los Luca de Tena en que a lo mejor. Ayer por la noche cometí uno de los múltiples pecados del insomne impenitente (y pecador) y me volví a pasear ante mis dispersas estanterías buscando algo con lo que conciliar más mi conciencia con mi consciencia, que el sueño mismo. Que el sueño en sí. Y no me equivoqué demasiado pero seguí despierto hasta más allá de las tres, una hora un poco García Lorca (o quizás Cernuda), y releí dos barbaridades, permitidas por la ley (¡faltaría más!), pero precisamente nada conciliadoras.

Una de ellas era un ejemplar de la revista Destino, el número 1.293, correspondiente al 19 de mayo de 1962, un año del que ya hemos hablado otras veces y del que en ese momento no se esperaba tanto, ni mucho menos. Conservo el ejemplar ni más ni menos porque publicó un amplio y algo borroso reportaje gráfico sobre la boda en Atenas de los entonces príncipes don Juan Carlos de Borbón y doña Sofía de Grecia ocurrida unos días antes. Supongo que es por eso por lo que lo conservo porque, al releerlo, no he encontrado nada más. Una entrevista de compromiso, larga y farragosa, de Néstor Luján al gobernador civil de Gerona, señor Pagés Costart, sobre el “Presente y futuro de la Costa Brava”, un cuento espantoso y lleno de erratas (¡diez!) de Camilo José Cela, una crónica de la inauguración de la nueva tienda de Gales en la Diagonal y del servicio de télex que la conectaba con la del paseo de Gracia, muchos anuncios, de Tergal, de Sintasol, de la colonia Atkinsons (London) e incluso uno del Agua de Colonia “4711” que aún se fabrica y que sigue usando, exageradamente, uno de mis clientes (que no me lee, claro).

La segunda visita fue peor. El extraño y supongo que bien vendido en la época libro de Salvador Paniker, Conversaciones en Cataluña, que recoge veinticinco entrevistas con otros tantos personajes catalanes de ese tiempo (1966), que estaba bastante bien editado y que llevaba unas fotos preciosas de Xavier Miserachs, muy recordables, muy recordadas y bastante coleccionables. La primera de las entrevistas se la hizo a Josep Pla en el mas de Llofriu y no es nada del otro mundo. Pla tenía entonces sesenta y nueve años, su madre nonagenaria acababa de morir hacía quince días y estaba envuelto en una especie de weltanschauung un poco procelosa de más, una tendencia a la melancolía comprensible pero exagerada y una rara afición al vino con agua. Vino de la zona, claro, pero mezclado con agua. Subrayé dos frases, porque soy de mucho subrayar, una donde dice, ante el próximo viaje del hombre a la luna, que no le interesa porque “en la Luna no hay restaurantes” y otra casi final en la que confiesa que sólo bebe whisky porque “el coñac hispano (…) es muy peligroso. Probablemente ha causado más bajas que la guerra civil”.

Esta mañana he consultado los comentarios a mi post anterior y llevado por esa especie de sinrazón que me acomete entre el primer y el segundo café le he contestado a Mar Calpena, que siempre es tan amable conmigo, y a partir de una disquisición bloguera sobre los libros, que “si de repente os convirtierais en el detective Carvalho y tuvierais que quemar no uno sino sucesivos libros para encender la chimenea, ¿por dónde empezaríais?”. Un poco más tarde, ya comido y con el corazón demasiado saltarín, les he dicho a mis contertulios que hoy por la noche quemaría la Historia del carlismo de Román Oyarzun y luego La alternativa democrática de Antonio García Trevijano. No lo voy a hacer, primero porque no tengo chimenea, segundo porque el libro de Oyarzun no es que sea necesario tenerlo pero, dado que así es y además en una edición tan bonita y tan príncipe, hay que dejarlo ahí. Reposando. El segundo sí. No es que vaya a montar una hoguera en el cuarto de baño pero a lo mejor enloquezco y aso con él unas sardinas en el somier, como Carmen Amaya.

El juego de “¿qué libro quemarías tú?” ha continuado un rato y parece que ahora está parado o que todo el mundo está cenando o que éste Fahrenheit 451 que nos hemos montado no da para más o porque a lo mejor las cosas de los blogs son como las del querer, que “no tienen ni fin ni principio / ni tié cómo ni por qué”.

Friday, January 25, 2008

RÂBLE DE LIEBRE DEL CONDE DE SERT



Cuando un libro me apasiona lo recorro con la velocidad del rayo, voy atrás y adelante, me detengo, lo acribillo a subrayados, lo trufo de papelitos con notas, escribo en los márgenes, en las páginas finales, me lo llevo a la cama, a la playa o a cualquier lugar (decente) donde pueda estar más o menos tumbado y, si hace falta, le saco las tripas.

Pero con el libro del señor conde de Sert no me está pasando. Mi librera anclada en 1757, entre la fecha del nacimiento de don Gaspar Melchor de Jovellanos (1744) y la de don Manuel Godoy (1767), dos bravos y considerables hombres, no tenía el libro y eso que ya lo había pedido. ¿A la Junta de Comercio, Moneda y Minas, al archivo de la Guardia de Corps?. No lo tenía. A mi otro librero preferido, más a finales del siglo XX, le acababa de llegar de una distribuidora normal, ni masónica ni ilustrada ni nada. Distribuidora de libros prosaica aunque olvidadiza.

Francisco de Sert Welsch, cuarto conde de Sert, acaba de publicar El goloso (Alianza Editorial, Madrid, 2007), una especie de manual con intención historiadora e incluso historicista, con bastantes buenos propósitos, con algunas páginas brillantes pero demasiado anecdotista. Falto, quizás, de una verdadero aparato crítico que lo soporte, o lo explique o incluso lo justifique. Pero me lo estoy pasando bien y casi lo he terminado.

El señor conde de Sert es sobrino de Josep Lluís Sert, el extraordinario arquitecto de la Fondation Maeght, de Saint Paul de Vence, de la Fundació Miró de Barcelona o del pabellón republicano de la Exposición Universal de París del 37, discípulo de Le Corbusier y mucho más tarde decano en Harvard. Y no digo que presuma de ello pero en cuanto puede (y con mucha delicadeza) lo saca a colación. Su libro, que hay que leer porque sobre todo tiene muy buena intención, nos pasea por la historia de la cocina europea con bastante soltura aunque con datos más que sabidos. Es a partir del capítulo dedicado a Las mesas del franquismo cuando desata toda su ironía monárquica donjuanista, todo su afrancesamiento bien cultivado (bien comido y bien bebido), pero por encima de todo eso su gracejo un puntito canallesco pero desde luego demoledor para con la corte franquista y con los señores de El Pardo, sus usos y costumbres. No nos cuenta casi nada de lo que ya habíamos sospechado, o incluso sabido, pero recrea el ambiente de la época con bastante gracia. Esos “guisos anodinos condimentados sin gracia por un guardia civil” pueden citarse (ya lo estamos haciendo). Como la afición de Franco a las meriendas-cena (“siempre le gustó acostarse temprano”) o el recorrido, bueno, bastante bueno, por los restaurantes estrella del franquismo, desde los madrileños Horcher y Jockey hasta Finisterre o Reno en Barcelona.

Luego va más allá, explica bastante bien la génesis de la nueva cocina vasca, los albores de la nueva culinaria e/o catalanidad y algún que otro lamento por el tiempo perdido, buen lector de Proust, buen lujaniano (de don Néstor Luján) e incluso algo afecto a Víctor de la Serna, al que nunca hay que olvidar, aunque el autor sea menos piadoso con Cunqueiro o con Vázquez Montalbán. Menos atento, vamos.

El señor conde nos ha puesto sobre todo a recordar. Nosotros nunca comimos en Horcher pero sí recordamos con una especie de temor infantil (temor de hijo al que no le dejan mirar la carta) las supremas de lenguado al Cinzano de Finisterre (me encantaba el Finisterre) o un civet de liebre (quizás mi primer civet) en Reno, de un hijo un poco más mayor pero igual de estúpido.

La Europa del cuarto conde de Sert ha sido un poco como la cuenta. Más o menos. Y las anécdotas de los restaurantes a lo mejor avivan algo más que nuestra memoria. Vamos a afrancesar la noche, pues, en nuestra estricta cocina, a acabar el capítulo con tiento y ya sin hambre pero a fiarnos más de nuestros antiguos críticos (Pla, Luján, Cunqueiro y Perucho) que de estos memorialismos un poco manqués. Como si a los lomos de liebre, el plato preferido del señor conde, les pones sólo ganas y un vasito de vino rancio, ni poivrade ni grand-veneur.

Notas:

I. La ilustración corresponde a una imagen nada mejorable del equipo de cocina, al completo, del Regimiento de la Guardia de Franco alrededor de 1956.

II. La bibliografía del libro de Francisco de Sert contiene algún error y, desde luego, varias lagunas, pero nos han sorprendido sus inclusiones nada acostumbradas en este tipo de publicaciones. Sobre todo Bearn, de Llorenç Villalonga, el príncipe de Lampedusa mallorquín.

Thursday, January 24, 2008

GLOTONIA, UN ARTEFACTO



Como quien dicta otro código, o mejor, para paladares audaces y letraheridos, ahí va el texto de la intervención de los Glotonios de ayer por la tarde en Madrid Fusión, que tiene miga y bastante salsa para mojar. El texto se titula Red viene de enredar. Ni más ni menos que la primera acepción del diccionario de la Academia: enredar. 1.tr. Prender con red.

Y nos hemos quedados no sabemos si prendidos o prendados.