
Hay dos costumbres a las que no suelo renunciar excepto en casos de fuerza mayor, viajes, traslados, constipados o decaimientos de ánimo. Suelo comprar Le Monde una vez por semana, sin día fijo, y también acostumbro a merendar pan con chocolate, por lo menos los jueves.
Esta mañana de un martes espléndidamente primaveral con frío madrugador, airecito picante (picantísimo) a la hora del Ángelus y calor a la hora de comer, a las españolísimas dos y media, se han fundido ambas costumbres, supongo que higiénicas o por lo menos no perniciosas.
Lo primero que leo del periódico, de cualquiera de ellos, es la portada, claro está, pero luego me abalanzo –es un decir- sobre las necrológicas, que en algún sitio llaman obituarios, cosa que queda más aparente y desde luego más fina pero que los franceses, dueños de la exactitud en el lenguaje, en los perfumes y sobre todo en los quesos, solucionan magníficamente con un “Disparitions” que me suele hacer –casi- soñar. Desaparecidos, pienso por la mañana, somos todos, de algo o de alguien, y puestos a desaparecer para siempre mejor que te dediquen un artículo en Le Monde que en ABC, dicho sea sin ánimo de ofender pero no con demasiado respeto por las “Necrológicas” a pelo del diario de Madrid que, además, no merecen una plana exenta y conviven innecesariamente con los epígrafes “Familia Real”, “Vida Social”, “Becas” y “Conferencias”, que ya son ganas de mezclar.
El espléndido artículo obituario de hoy en Le Monde, firmado por Thomas Sotinel, no es tal sino una magnífica biografía comentada del primero aviador durante la II Guerra Mundial, después actor titubeante en Nueva York, más tarde estrella de la mano de Cecil B. de Mille y William Wyler (Los diez mandamientos y Ben-Hur) y finalmente comparsa obligada y nueva y fatalmente titubeante en la espeluznante cinta de Michael Moore Bowling for Columbine en su papel de presidente de la Nacional Rifle Association.
Charlton Heston falleció hace tres días en Beverly Hills y no le voy a negar ni el pan ni la sal, no del todo. El pan con chocolate acompañó durante más de diez meses de mi infancia, una infancia no demasiado excitante pero bastante conmovedora, la confección minuciosa de mi álbum de cromos de Los diez mandamientos, la cola blanca Pelikan, las manos pegajosas y el entusiasmo por las nubes. La sal se la dejo a Yul Brynner y a Stephen Boyd, a los que intenté imitar casi hasta la adolescencia haciendo relinchar los invisibles caballos negros de mi cuadriga inventada desde la cocina hasta el recibidor, en unas locas carreras por un pasillo bastante ancho pero definitivamente corto.
Hoy no he merendado nada. Pero tampoco estoy de luto.

































